lunes, 23 de mayo de 2016

Sola.
Me despierto sobresaltada. Otra vez ese sueño, ese maldito sueño, que no se irá jamás de mi mente. Salgo a tropezones de la cama y me meto al baño, necesito… sacarlo, sacar este horrible sentimiento de mí. Sin desvestirme y con la navaja en mano, me introduzco en el chorro
de agua fría. Me había jurado jamás volver a hacer esto, todos los días me juro a mí misma que no volveré a dañarme nunca más, pero no tengo alternativa. Si lo que el monstruo quiere es sangre, sangre tendrá. Llevo haciendo esto tanto tiempo que mi mano ya no tiembla, con los ojos anegados en lágrimas tomo la navaja y empiezo a hacer los cortes que, aunque arden, me hacen sentir un poco mejor. Destrozo mis muslos, no me importa.

Mi cuerpo se habrá insensibilizado ante todo lo que me hago, pero mi alma no. Cada uno de las heridas que me he hecho, han ido directamente allí. Han abierto una cueva, donde se esconden todos mis demonios, mis secretos, mis traumas. Yo solía ser feliz de verdad, solía sonreír y vivir de verdad. Pero ese hijo de perra se llevó mi vida, él fue quien inauguró la cueva en mi corazón.

Tenía doce años cuando mi primo, luego de matar a golpes a mi hermano mayor, me violó. Yo vi lo que le hacía. Vi como mi pequeño hermano gritaba por ayuda, no pude ayudarlo, yo lo dejé morir. Le rogué que no lo hiciera, le supliqué que me matara a mí antes que a él, pero no tuvo compasión. Estaba loco y nos arrastró a su locura con él.

Desde ese día, mi mundo se desmoronó. No quedó nada en pie, ni siquiera una brizna de esperanza en mí. Al principio, cada vez que gritaba en las noches, mamá llegaba corriendo a abrazarme y decirme que todo estaría bien. Sabía que mentía pero nunca la saqué de su error. Después de dos años dejó de venir. Me sentía cada vez más sola, y todo empeoró cuando la única persona que intentaba sacarme de mi sufrimiento, la que sabía todo, se mudó de ciudad. En la escuela nadie nunca supo lo que me pasó a mí, sabían que mataron a mi hermano, pero nunca conté lo que le hicieron a esa pobre e indefensa niña.

En unas horas, empezaría de nuevo. Un nuevo año de ser la chica que sonríe, con calificaciones excelentes, con amigos de mentira, con una vida de mentira y de máscaras que esconden la cruda realidad.

Llegué a la escuela con mucho tiempo de anticipación, me senté en una grada del gimnasio y me puse a leer un libro estúpido, de esos que solo distraen la mente. Tocaron timbre y entré a mi primera clase. El día pasó sin mayores contratiempos. Sonrisas y comentarios por aquí y por allá, lo de siempre. Hasta que vi lo que tenía a la siguiente hora. Educación Física.  Entré en pánico y en estado de shock, había olvidado pedirle a mi mamá que me excuse de esta área como cada año. Muchas chicas ya estaban sacándose el buzo. Se nos permitía usar shorts para la clase de Educación física.

La profesora aún no llegaba y sentía alivio, tal vez podría hacer algo con lo de los shorts o cambiar las clases. Una mano en mi hombro me hizo dar la vuelta. Y allí estaba ella, la reconocería así no lo haya visto hace cuatro dolorosos años. Una sonrisa iluminó su rostro y me abrazó con fuerza. Dariana. Estaba aquí y era real.
Conversamos de todo en diez minutos, en ningún momento me incomodó con preguntas de ese tema. Solo fue como siempre, natural y espontánea, como ella sabía ser.

-Te extrañé mucho- me dijo con ojos llorosos.
-Te necesité mucho- le respondí mientras la miraba.

Así estuvimos unos segundos, que fueron interrumpidos por el silbato de la maestra.
-¿Alumna del buzo? ¡Su nombre!
-Katherine Valverde
-Cámbiese ese buzo, hoy usaremos shorts.
-Pero…
-¡Agrúpense!- dijo ignorándome por completo.
Me quedé allí parada. Una caricia en mi rostro me hizo regresar a la realidad.
-No puedo…- susurré
-¿Qué no puedes?
-Ponerme shorts
-¿Por qué diab…?
Sin mediar palabra la jalé a mi lado y la llevé a los baños.
-Espérame, ¿sí?
-Siempre.- sentenció en tono solemne.
Giré rápido y entré a un cubículo. Me senté en el retrete y quité el buzo mientras observaba lo que me había hecho esta mañana. Me recosté en la pared del cubículo y empecé a llorar. Ya no aguantaba más. No quería de nuevo esas miradas de compasión. No. Nunca más. La puerta del cubículo se abrió revelando a un asustada Dariana. Era difícil ocultar las marcas. Eran demasiadas y muy visibles. Me senté recta y llevé mi cabeza para atrás. No quería verla a los ojos. Escuché como se agachaba, sentí y me estremecí cuando pasó sus dedos por mis cicatrices. Podía sentir su mirada en mí. Con el antebrazo cubrí mis ojos pero ella lo retiró y con suavidad me obligó a mirarla. Me atrajo y me dejó llorar y sollozar contra su hombro. Luego de una eternidad de “cálmate” y “todo va a estar bien”, dijo:
            -¿No crees que ya es hora que busques ayuda? Eso que te haces no es bueno.
            -¿Crees que no lo sé? ¿Qué no he intentado dejar de hacerlo?
            -Trata más.

            -Es fácil decirlo.